Había una vez un niño flaco y largo, casi un garabato de niño, que no tenía con quién jugar sino con unos bamboleantes muñecos de palo.

Su padre era el más pobre de los zapateros remendones; su mamá no sabía leer; los tres vivían en un solo cuarto que era, a la vez, taller y sala, dormitorio y cocina.

 

 

 

 


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