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Cuento El Castillo
María no sabía que aquel sonido que oían cuando jugaban por la noche en el castillo, no era lo que parecía. Siempre creyeron que el fantasma del castillo tenía una respiración pesada, como la de alguien que camina cansado y le cuesta respirar. Les daba miedo, pero a la vez ese sonido era como un imán y no podían evitar seguir yendo a jugar allí. Al cabo del tiempo llegaron a acostumbrarse y ya no le prestaban atención.

Una noche de luna llena, decidieron jugar al escondite. María contó hasta 50 y al grito de "¡ronda, ronda el que no se haya escondido que se esconda y sino que responda!", fue en busca de sus amigas y de sus amigos. Encontró a Liliana, a Paco, a Fran, a Dora..., pero ¿dónde estaba Jonás?

De pronto un escalofrío recorrido la espalda de todos. Pensaron en la escalera que terminaba en un torreón vacío sin techo y sin suelo. Subieron corriendo y respiraron profundamente.., no había ido allí. Le buscaron entre las zarzas, entre las piedras caídas, detrás de los chopos..., nada, no aparecía, solo faltaba buscarle en aquella torre donde jamás entraban. La torre donde vivía el fantasma cansado.

Entonces, cogidos de la mano se encaminaron hacía allá y con los ojos abiertos tanto, como la luna llena, se quedaron mirando algo que ni siquiera en sueños hubiesen podido ver: Jonás, sentado entre las zarzas, acariciaba una lechuza que... ¡Respirara igual que un hombre cansado!

Siguieron jugando en el castillo en las noches de verano y cuando venía algún amigo o amiga de la ciudad, le llevaban allí y Jonás, abrazando a su amiga la lechuza y cubierto de una sábana blanca, les asustaba saliendo de repente de lo alto de la torre. Inmediatamente descubrían su secreto, haciéndoles prometer que nunca desvelarían la verdad.

Todos en el pueblo se preguntaban cómo eran capaces de jugar allí.

Era su secreto, el secreto de un grupo de niñas y niños que encontraron su lugar de juegos donde ni siquiera las personas mayores, se atrevían a entrometerse.