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Yo me llamo Guadalupe Mendoza Maldonado y me gusta tanto jugar como comer tamales. Dice mi mamá que hay que alimentarse bien de juegos que si no te quedas triste y seco como una planta sin agua. Por eso después del colegio, siempre me quedo jugando con mi amigo Rodrigo y con mi amiga Lupita. Jugamos mucho en la calle y donde más jugamos es en el parque. Es un parque único en el mundo porque lo hemos pensado entre todos los que vivimos en mi ciudad. A los niños y niñas, los del ayuntamiento vinieron al cole y nos pidieron que dibujásemos el parque de nuestros sueños. A los mayores también les preguntaron qué parque querían. Se lo preguntaron en el mercado, en las plazas, en las oficinas. Todos, toditos opinamos. Un día, nos invitaron a ver en el Salón de Plenos del Ayuntamiento, una gran maqueta del nuevo parque y la verdad es que tenía un trocito del sueño de cada habitante de la ciudad. Mi padre se puso muy contento porque había puesto una zona de patinaje para niños muy pequeños y otra para gente grande como él y mi primo Ernesto. Para mi abuela había mesitas para jugar a las cartas con sus amigas o conmigo ¡que menudas partidas jugamos al rumi! ¡Hasta había una huertecita para plantar aguacates, tomates y guindillas!
Y por fin llegó ¡el gran día de la inauguración del parque! Ese día Lupita, Rodrigo y yo jugamos a encontrar a Yoloxochitl, la flor del corazón. Sólo la encontraríamos por su fragancia porque es tan chiquita como un chinche. Lupita, Rodrigo y yo subimos a los columpios de neumáticos, por si desde las alturas nos llegaba su olor. Pero no fue así, por eso escalamos la montaña a ver si por la ladera olíamos algo. Nada de nada, así que bajamos desde la cima por el tobogán hasta un gran banco de arena donde excavamos un túnel por si estuviese escondida en el centro de la tierra. De ahí seguimos andando y andando por el parque atravesando grandes praderas; chapoteamos por el arroyuelo; buscamos detrás de las esculturas; subimos a la casa del árbol... Pero no aparecía ni por asomo. ¿Tendríamos las narices taponadas? Llevábamos todo el día jugando y ya estábamos un poco cansados, así que nos sentamos en una de las mesas del parque. Allí estaban sentados unos viejecitos jugando al dominó. Les contamos nuestro problema y como en los cuentos, estos nos hicieron tres adivinanzas. Con mucho ingenio las resolvimos y por fin encontramos a Yoloxochitl. No te puedo contar donde estaba, porque quizás tu quieras buscarla. En tu parque también está. ¿Quieres jugar a encontrarla?
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